La convivencia en igualdad de las lenguas

Hoy escribo este post, lamentando la actitud y mala fe del president de mis islas, que es el peor de los que hemos tenido nunca. Mal gestor, mal político y persona poco transparente, características de las que presume, como no.

Quienes me conocen saben que no soy nada nacionalista pero tengo la convicción de que las lenguas y las culturas de los pueblos son derechos civiles a proteger y sólo desde actitudes colonizadoras pueden entenderse el desprecio y la agresión de esos derechos. Pero es que, además, la multiculturalidad, el pluralismo lingüístico, la convivencia de lenguas sin prevalencias es una riqueza que, quienes tenemos la suerte de ser bilingües, apreciamos sobremanera. Y las Balears eran un ejemplo de eso. Un lugar en donde se había llegado a un consenso político, motivo y causa a la vez, del consenso social, que permitía esa convivencia de dos lenguas ricas, hermosas y nuestras.

El modelo educativo pergeñado y pactado entre todos, y con la participación de todos, comunidad educativa, organizaciones culturales, partidos políticos (todos), arranca del objetivo de garantizar el aprendizaje del castellano y el catalán en igualdad de condiciones al acabar los niveles obligatorios, y da prioridad, como debe ser, a la lengua que menos se usa y menos de conoce, para iguarlas y hasta hacerlo.

El modelo social asegura un respeto profundo de la libertad individual para expresarse en la lengua que se prefiera, y no conozco a nadie al que se le excluya por cuestiones de lengua, aunque sí puedo dar ejemplos de autoexcluídos, de los dos lados, por despreciar a la “otra lengua”. Un modelo basado por tanto en el respeto y la creencia de que conocer y usar ambas lenguas es riqueza colectiva.

Y en estas condiciones de consenso social y político, cuando menos te lo esperas, aparece un president y un partido a su espalda, que dinamita todo eso, y plantea y aprueba normas que conculcan los derechos de una parte de la población, a la que se agrede en su libertad de usar la lengua de sus padres y abuelos, para relacionarse con la administración, como ha ocurrido ahora en la reforma de la ley de Función Pública. Esa es, sin embargo, la punta del iceberg de una política de desprecio provinciano de una realidad lingüística plural, que comenzaron abanderando la libertad de los padres para elegir la lengua de aprendizaje de sus hijos. Y se encontraron solos en esa batalla, porque un 94% de ciudadanos les dijeron que no querian cambiar lo que habíamos pactado entre todos durante 30 años de democracia. Por eso y porque es lo mejor para esta tierra y las gentes que vivimos en ella. Pero eso no les frena y siguen insistiendo con una contumacia que va más allá de lo coherente y raya el hooliganismo. Nada extraño al perfil del president y de alguno sus compañeros como Carlos Delgado, pero muy lejano de las tesis de una buena parte de ese partido, el PP, que debería reaccionar urgente y contundentemente, en la línea de defensa de nuestra lengua común desde siglos, porque la mayoría de sus votantes, y de los de todos los partidos, así lo quiere.

No hacerlo, convierte a Bauzá en el president de unos pocos y todos queremos, y le exigimos, que lo sea de todos y todas los que vivimos aquí. Crear problemas donde no los había es mala táctica para quien quiere dedicarse a la política, aunque tal vez Bauzá sólo quería ser farmacéutico y propietario de una vinoteca, pero, si es así, haberlo dicho.

 

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